Por Mauricio Gómez Buriticá

En 1966 Risaralda se independizó del viejo Caldas impulsada por el desarrollo de la que sería su capital, Pereira.  Son 53 años de una independencia que va más allá de lo social y lo político, una independencia que trasciende al fútbol, el cual se ha convertido por décadas en un espectáculo que rememora aquellas diferencias entre unos y otros, entre los conservadores manizaleños y los liberales pereiranos, dos formas de vida que nada tienen que ver con los colores azul y rojo de dos partidos políticos también antagonistas.

Dicho antagonismo se traslada a una cancha, un escenario reducido en el que durante 90 minutos está en juego algo más que un partido de fútbol y reserva para el ganador el honor de quedarse con un duelo que tiene el rótulo de clásico. Un clásico que no lo legitiman los títulos, sino la distinción de defender con un balón un estilo de vida y un estilo de juego: de un lado, el fútbol lírico y bien jugado del Once Caldas y del otro, el pragmatismo de un históricamente aguerrido Deportivo Pereira.

Por lo anterior, el clásico cafetero entre matecañas y caldenses siempre ha sido mirado con morbo -incluso muy por encima con el que se pueden ver los otros dos duelos regionales: Pereira vs Quindío y Caldas vs Quindío-. Sin duda alguna, este duelo excede lo deportivo, más teniendo en cuenta que ambos equipos se encontrarán de nuevo en un partido de primera división después de ocho largas y tortuosas temporadas del Pereira en la B.

Fueron ocho años, cinco meses y dos días de espera. Este domingo ambos equipos se enfrentarán en el estadio Hernán Ramírez Villegas en el clásico más esperado de la historia, un clásico en el que deportivamente poco hay en juego entre los dos, no es una final, ni el ganador accede a una instancia definitiva; pero sí hay mucho por perder. De un lado está el Pereira con su apuro de sumar puntos para escaparse de la zona roja del descenso y del otro, un Caldas que aún no despega y que de mediar un mal resultado pondría en aprietos a su cuerpo técnico.

Vuelve, entonces, la esencia de la pasión de multitudes, un espectáculo del que estábamos ávidos en Pereira, un clásico en el que no importa el título de Copa Libertadores de uno y los ocho años en la B del otro; un clásico lleno de mística cuya historia es solo eso, historia, la misma que se vuelve a escribir cada que rueda la pelota.

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